10.9.19

Por qué's

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Hoy siento: Calma. 
Suena: Je te le donne (Vitaa Slimane). 
Frase: ¿Quién sabe deshacerse del rastro de una estrella fugaz cuando ya te ha mirado a los ojos? (Elvira Sastre).
Imagen: No quiero una persona perfecta, sólo quiero a alguien que le guste reirse sin motivo, que me acompañe en una travesía y en mis locuras por el universo, que ame cuantas veces sea necesario sin importar haber sido decepcionado, que sea perseverante, sesafiante ante la vida y el mundo, que no se rinda en el primer intento ni decaiga ante el fracaso, que ame la vida y la adrenalina y por supuesto, que a pesar de todo, le encante estar conmigo. 
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Llegó un día en el que le preguntó por qué le gustaba tanto estar siempre tumbada en la cama con él siempre... ¿En serio aún no lo sabía? --Se preguntó ella--.

Estar tumbada con él en la cama se había convertido en su deporte favorito porque era el único lugar del mundo donde podían habitarse mutuamente sin ropa, piel con piel.

Le gustaba estar ahí porque se quitaban la ropa y se desnudaban por debajo de la piel, bajaban la guardia y apagaban el mundo.

Así, tumbados, tranquilos y lejos de todo podía respirar su aliento e impregnarse de él; así se quedaba con ella mucho tiempo después, aún cuando su cuerpo se marchaba.

Podía cerrar los ojos y dejarse ir y sólo ver los de él mirándola cuando volvía allí de sus pensamientos; cuando volvía a abrir sus ojos siempre le encontraba.

Le encantaba recorrerle despacio con sus dedos, sentir y tratar de contar cada uno de sus lunares, su bello, la textura espesa de su piel morena, la fortaleza de sus músculos y cómo se erizaba cada vez que descubría una zona inexplorada por sus manos.

Estar tumbada con él siempre implicaba hablar susurrando; y eso le gustaba porque conocía un proverbio maya que rezaba que cuando dos corazones están muy cerca es así como se comunican, en susurro. Y era entonces cuando sabía con la mayor certeza y seguridad del mundo que, aunque aún no se habían unido carnalmente, no habría ningún momento en el que estuvieran más cerca el uno del otro, que ése antes de convertirse en uno solo.

Le gustaba estar ahí, acurrucada en él y acurrucándole en ella, porque habían hecho de una simple cama un lugar donde curarse el pasado, romperse los miedos, salvarse las dudas y construir su futuro. Ambos sabían que podían sentarse en el borde sin miedo a hacer daño al otro.

Así, tumbados, tranquilos y lejos de todo no importaba dónde se hubieran quedado enganchados o dónde estuvieran atrapados al entrar en aquella habitación, nunca se soltaban pero soltaban amarras.
Estando tumbada con él era capaz de sentir su erección en su vientre y su latido en su pecho, y todo sonaba de manera armoniosa. Así descubrió que sí se puede amar entre sábanas y gemidos. Así habían aprendido a congelar el tiempo.

Sentía paz cuando ambos se dejaban ser rodeados de silencio y una oscuridad que poco a poco siempre se acababa convirtiendo en una luz tenue. Ahí lloraban, peleaban como niños y siempre terminaban riendo a carcajadas, mordiéndose el alma entre besos al cuerpo.

Le gustaba estar tumbada con él, desnudos, porque entre sus brazos cualquier cama se volvía casa.

Siempre.

Todo.

Te quiero.


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