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Hoy siento: Dolor.
Suena: Ya se acabó el tener dueño, Camela.
Frase: Es más fácil educar a una niña fuerte que reparar a una mujer rota.
Imagen: Al final todo se reduce solamente a lo que queremos que los demás vean de nosotros.
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Nos hemos acostumbrado a vivir en un sistema patriarcal que nos permite cargar con pesos que no nos corresponden a nuestras espaldas, un sistema que no nos deja llorar ni expresar nuestras emociones cuando duelen, un sistema que no nos permite fallar y que nos humilla mientras estamos en el suelo tras una caída que debería servirnos como aprendizaje.
Todos y todas hemos pagado un alto precio por ello.
A nosotras nos llaman el sexo débil. La sociedad, las películas, Disney, la música, las revistas... Todo nuestro entorno, todos los estímulos que recibimos a diario desde pequeñas se orientan a ello: A construir una muñeca que llore, que sea débil, que debe llevar tacones, hablar bajito, tener miedo de los insectos, no saber de coches, maquillarse a diario, meterse en ropa demasiado ceñida, estar delgadas, peinadas, con las uñas perfectas, ser pequeñitas, siempre dispuestas para tener sexo con ellos.
Ellos también lo pagan muy caro a diario. Tenemos una sociedad repleta de hombres que son analfabetos emocionales. Que no saben manejar sus emociones ni las de los que les rodean. A los que todo les está permitido. Hombres que deben rescatarnos y mantenernos. Hombres a los que todo se les consiente, que salen impunes cuando hacen daño a una mujer sólo porque hay violencias que sólo dañan el alma y no pueden probarse delante de ningún juez.
El problema es que la violencia no es igual a los 15 que a los 30 años. A los 15 te manipula, a los 30 te deja sola. Nunca lo denuncias, nadie sabe qué es lo que pasa. Incluso a veces consigues crear nuevas relaciones y tampoco lo cuentas porque te sientes culpable, avergonzada. Nunca vuelves a hablar de ese tema que cada día te sigue machacando por dentro.
La violencia de los 15 deja secuelas a los 30 que sólo se van agravando con el tiempo si no decides hablar de ello y pedir ayuda. Controlar todo se vuelve rutina sin que te des cuenta. Cuando estás en un sitio necesitas pegar tu espalda para ver todo lo que hay delante de ti, necesitas reconocer todas las caras que tienes a tu alrededor en cualquier lugar y en cualquier momento para asegurarte de que no está ahí. Te vuelves maniática...
Y el día en que por fin sucede algo que te hace reaccionar, y se te cae esa venda que te impedía ver la realidad, te das cuenta de que el panorama es abrumador. De que llevas años corriendo a toda velocidad contra una pared tras otra y que nadie puede hacer nada para frenarte.
Un día vuelves a empezar. Y cuando empiezas eres una página en blanco. No queda nada de quien eras. Tus relaciones familiares están muy deterioradas porque te has pasado demasiado tiempo mintiendo para esconder tu realidad. Ya no tienes gustos, ni aficiones porque él te separó de todo, dejaste de ser tu para convertirte en el pedazo de él que, en realidad, sólo le sobraba. Ya tampoco te quedan amigos, pues renunciaste a todo a cambio de una mentira. No tienes nada.
No contenta con darte de bruces contra tu propia vida, empiezas a utilizar las redes sociales como herramienta de control total sin darte apenas cuenta de que quizás ni siquiera sea un mínimo reflejo de su realidad.
Y llega un día en el que tienes que compartirlo con tu nueva pareja, para que entienda por qué eres rara, por qué en el fondo de tus pupilas duerme el dolor, por qué tu corazón está tan magullado, por qué tienes esas manías tan extrañas, por qué necesitas controlarlo todo. Necesitas que entienda por qué tener sexo es tan difícil para ti. Que nunca antes habías tenido sexo porque eran violaciones...
¿El mejor consejo para los padres de todas estas niñas? Que no agobien, que no rompan de golpe con esas situaciones, que no le quiten importancias a cosas tan complejas como que su hija empiece a cambiar los escotes por jerseys de cuello vuelto y las minifaldas por vaqueros, que dejen hablar a sus hijas sin juzgarlas, que busquen ayuda.
Gracias Jordi Évole por este gran programa.

Suena: Ya se acabó el tener dueño, Camela.
Frase: Es más fácil educar a una niña fuerte que reparar a una mujer rota.
Imagen: Al final todo se reduce solamente a lo que queremos que los demás vean de nosotros.
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Nos hemos acostumbrado a vivir en un sistema patriarcal que nos permite cargar con pesos que no nos corresponden a nuestras espaldas, un sistema que no nos deja llorar ni expresar nuestras emociones cuando duelen, un sistema que no nos permite fallar y que nos humilla mientras estamos en el suelo tras una caída que debería servirnos como aprendizaje.
Todos y todas hemos pagado un alto precio por ello.
A nosotras nos llaman el sexo débil. La sociedad, las películas, Disney, la música, las revistas... Todo nuestro entorno, todos los estímulos que recibimos a diario desde pequeñas se orientan a ello: A construir una muñeca que llore, que sea débil, que debe llevar tacones, hablar bajito, tener miedo de los insectos, no saber de coches, maquillarse a diario, meterse en ropa demasiado ceñida, estar delgadas, peinadas, con las uñas perfectas, ser pequeñitas, siempre dispuestas para tener sexo con ellos.
Ellos también lo pagan muy caro a diario. Tenemos una sociedad repleta de hombres que son analfabetos emocionales. Que no saben manejar sus emociones ni las de los que les rodean. A los que todo les está permitido. Hombres que deben rescatarnos y mantenernos. Hombres a los que todo se les consiente, que salen impunes cuando hacen daño a una mujer sólo porque hay violencias que sólo dañan el alma y no pueden probarse delante de ningún juez.
El problema es que la violencia no es igual a los 15 que a los 30 años. A los 15 te manipula, a los 30 te deja sola. Nunca lo denuncias, nadie sabe qué es lo que pasa. Incluso a veces consigues crear nuevas relaciones y tampoco lo cuentas porque te sientes culpable, avergonzada. Nunca vuelves a hablar de ese tema que cada día te sigue machacando por dentro.
La violencia de los 15 deja secuelas a los 30 que sólo se van agravando con el tiempo si no decides hablar de ello y pedir ayuda. Controlar todo se vuelve rutina sin que te des cuenta. Cuando estás en un sitio necesitas pegar tu espalda para ver todo lo que hay delante de ti, necesitas reconocer todas las caras que tienes a tu alrededor en cualquier lugar y en cualquier momento para asegurarte de que no está ahí. Te vuelves maniática...
Y el día en que por fin sucede algo que te hace reaccionar, y se te cae esa venda que te impedía ver la realidad, te das cuenta de que el panorama es abrumador. De que llevas años corriendo a toda velocidad contra una pared tras otra y que nadie puede hacer nada para frenarte.
Un día vuelves a empezar. Y cuando empiezas eres una página en blanco. No queda nada de quien eras. Tus relaciones familiares están muy deterioradas porque te has pasado demasiado tiempo mintiendo para esconder tu realidad. Ya no tienes gustos, ni aficiones porque él te separó de todo, dejaste de ser tu para convertirte en el pedazo de él que, en realidad, sólo le sobraba. Ya tampoco te quedan amigos, pues renunciaste a todo a cambio de una mentira. No tienes nada.
No contenta con darte de bruces contra tu propia vida, empiezas a utilizar las redes sociales como herramienta de control total sin darte apenas cuenta de que quizás ni siquiera sea un mínimo reflejo de su realidad.
Y llega un día en el que tienes que compartirlo con tu nueva pareja, para que entienda por qué eres rara, por qué en el fondo de tus pupilas duerme el dolor, por qué tu corazón está tan magullado, por qué tienes esas manías tan extrañas, por qué necesitas controlarlo todo. Necesitas que entienda por qué tener sexo es tan difícil para ti. Que nunca antes habías tenido sexo porque eran violaciones...
¿El mejor consejo para los padres de todas estas niñas? Que no agobien, que no rompan de golpe con esas situaciones, que no le quiten importancias a cosas tan complejas como que su hija empiece a cambiar los escotes por jerseys de cuello vuelto y las minifaldas por vaqueros, que dejen hablar a sus hijas sin juzgarlas, que busquen ayuda.
Gracias Jordi Évole por este gran programa.
