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Hoy siento: Fuego.
Suena: Disparos, Dani Fernández.
Frase: No vuela quien tiene alas, sino quien tiene un cielo (Elvira Sastre).
Imagen: Elegí vivir desde el corazón y asumo que sentir es un deporte de riesgo al que no puedo, ni quiero, renunciar aunque tantas veces duela; el miedo me habita pero mi coraje le gana batallas, atreverme es mi bandera pues me niego a vivir muerta.
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No recordaba cuándo había sido la última vez que se había sincerado tanto con alguien a pecho descubierto y abierto en canal. Es más, estaba segura de que aquella coraza tras la que durante tantos años se había estado escondiendo se había encargado de que aquel mar embravecido de sentimientos no fuera capaz de articularse nunca en forma de palabras. Por fin, habían terminado las lágrimas.
Hoy siento: Fuego.
Suena: Disparos, Dani Fernández.
Frase: No vuela quien tiene alas, sino quien tiene un cielo (Elvira Sastre).
Imagen: Elegí vivir desde el corazón y asumo que sentir es un deporte de riesgo al que no puedo, ni quiero, renunciar aunque tantas veces duela; el miedo me habita pero mi coraje le gana batallas, atreverme es mi bandera pues me niego a vivir muerta.
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No recordaba cuándo había sido la última vez que se había sincerado tanto con alguien a pecho descubierto y abierto en canal. Es más, estaba segura de que aquella coraza tras la que durante tantos años se había estado escondiendo se había encargado de que aquel mar embravecido de sentimientos no fuera capaz de articularse nunca en forma de palabras. Por fin, habían terminado las lágrimas.
Le hizo temblar
el mismo día en que se vieron por primera vez hacía apenas un año. Fue una
calurosa noche de julio, quizás agosto, que formaba parte del comienzo de una
nueva etapa para ella; una época en la que ya no necesitaría esconder más su
sonrisa, ni sus lágrimas, ni su sensibilidad. Por fin, habían sanado todas las
heridas.
Aquel día, muy
pronto y en cuestión de minutos, descubrió que debía olvidar aquella luz que
atravesó su mirada como un relámpago que ilumina las tormentas en las noches de
verano, esa ilusión no era posible. Al menos no entonces, y siguió el camino distante
que le marcaban sus quimeras.
Algunos meses
después, mientras hacía la compra, escuchó por casualidad una conversación
ajena y supo que su sueño se había roto. Aquel carnicero hablaba de otros, pero
ella supo que también hablaba de ellos, pues no hacía mucho les había visto
agarrados de la mano a través de la distancia.
Su capacidad de
empatía hizo que su corazón diera un vuelco y sintió una profunda tristeza, él
siempre había sacado sus carcajadas y ahora se habría apagado su gracia. Las
circunstancias le hicieron verle rápido, sus ojos se inundaron contenidos y
sólo fue capaz de abrazarle. Volvió a reír. También ella.
Al día siguiente
le pidió un favor personal dudando que tanta generosidad fuera posible y él
dijo sí, aún con un fuerte temporal azotando su vida, que por supuesto negaba.
Y se volcó de la manera más discreta que supo. Nunca se olvidó de mandarle un
mensaje con la ubicación de vasos donde ahogarse, en los que reírse, con los
que distraerse, hablar, drenar... Y encontraba una persona que aparentaba ser
piedra una y otra vez, como si nada hubiese ocurrido... Y ella era una de esas
personas que no dejan de darse cabezazos contra sus piedras hasta que consiguen
romperlas.
Poco a poco, se
dio cuenta de que cada vez sus cuerpos estaban más cerca en cada encuentro. Él
sabía de sus andanzas y ella poco a poco fue conociendo sus tropiezos. Ambos
siguieron caminando.
Hacía un par de
años en que ella había pensado no poder más, cayó al barro; sucia y con
lágrimas en los ojos siguió avanzando. Tomó aquella difícil decisión que
frenaba su crecimiento y avanzó aún con las manos atadas. Por el camino
encontró a una persona dispuesta a ayudarle a deshacer los nudos que le
atrapaban: Él. Y estaba dispuesta a hacer lo mismo, en sentido de vuelta.
Trató de de
planearlo todo, tenía ganas de pasar tiempo a solas con él lejos de miradas
curiosas y minutos que nos obligan a todos a correr sin sentido. Él, con mirada
cómplice y pocas palabras autorizó aquella idea. Escuchó lo que le atormentaba.
Consiguió calmar sus demonios. Le hizo llorar de felicidad como casi nadie
había logrado hasta entonces. Vieron salir el sol en su coche poco antes de
volver a verse por penúltima vez. Sabía de su intuición. Le pidió saber más. Sus
latidos se sincronizaron. Volvió a abrazarle. Y dos semanas después, ambos se
encargaron de que se hiciera posible con todo el disimulo que fueron capaces de
soportar. No faltaron risas embarcadas hacia buen puerto.
Y llegó el primer
extraño piel con piel rodeados de silencio. Y el segundo, aguantando las ganas
que el sudor delataba. Y el tercero, en el que lo evidente se hizo patente. Ambos
se habían dado cuenta de lo que ocurría en el otro cuando estaban cerca. Y
compartieron heridas, cicatrices, pensamientos, ideas, sentimientos, objetivos,
miedos, confidencias... que no saldrían nunca de aquella habitación. Habían
tejido un hilo invisible entre ambos que ahora les conectaba en la distancia.
Era sí, ambos lo
sabían y dijo no. Ella temblaba de miedo y él sin enfadarse, le abrazó y no se
marchó, aún temblando de deseo. Existen personas que saben hacer magia sin
pretenderlo. Volvió a abrazarle y él sonrió. Marchaba tranquila. Por primera
vez no lloró al alejarse de su lugar.
Ella no recordaba
cuándo había sido la última vez que se había sincerado tanto con alguien a
pecho descubierto y abierto en canal. Es más, estaba segura de que aquella
coraza tras la que durante tantos años se había estado escondiendo se había
encargado de que aquel mar embravecido de sentimientos no fuera capaz de
articularse nunca en forma de palabras. Por fin, pudo poner palabras a lo que
tantas veces sólo había sido capaz de llorar. Él escuchó sin juzgar.
Consciente de varias
posibilidades y con bastantes cartas de ambos encima de la mesa, estaba
dispuesta a seguir aquel nuevo sendero que sin esperarlo se había presentado de
pronto ante ella. Esta vez, quizás, sí desempolvaría aquellas 36 preguntas que
tanto miedo le daban. Hacía mucho tiempo que había dejado de creer en las casualidades para dar paso a la causalidades y, quizás, aquel tatuaje casero que habitaba su pierna desde hacía
casi 20 años por fin cobrara sentido...
Tenía ganas de
volver a verle, dejarse fluir y no evitar lo inevitable...

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