Hoy siento: Esperanza.
Suena: No sé, Melody.
Frase: Todos mis pasos en falso los daré contigo.
Imagen: Te has convertido en todo lo que dijiste que no serías.
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Cada noche, en silencio, a oscuras y acompañada por la soledad le extrañaba en silencio. Se acurrucaba a sí misma formando un ovillo con su cuerpo y, con el peluche que le regaló entre sus brazos, le recordaba impregnada en su perfume, que aún duraba sobre su piel a consecuencia del tiempo que habían pasado abrazados.
Su esencia hinchaba su corazón, se sentía llena pero rodeada de un inmenso vacío, aún le faltaba algo, le faltaba él. Su sexo también le añoraba; y sus labios, sus manos y cada rincón de su cuerpo. Añoraba poder llenarse de él, en cualquier momento y lugar, extrañaba volver a ser uno por unos instantes más.
Sabía que, a pesar de todos sus vanos intentos por evitarlo, estaba perdidamente enamorada. De la misma casi inexplicable manera en que estaba totalmente segura de que no podría dejar de amarle nunca, aunque lo intentara; pues su nombre se hallaba ya grabado a fuego en lo más profundo de su alma.
Había olvidado cómo vivir sin él; sin cada instante a su lado, sin cada uno de sus gestos, de sus miradas, de sus cómplices sonrisas desde la distancia cuando la gente les rodeaba, sin sentirse segura entre sus brazos, sin sus caricias, sin sentir su aliento en el rostro…
Entendía, pues ella siempre logró comprenderlo todo, pero se negaba a aceptar que ya nunca más sería posible a pesar del alto precio que pagaría por ello. Su carácter jamás le permitiría darse por vencida, todxs los que alguna vez le conocieron lo sabían, los imposibles requerían de toda su fuerza en la batalla y ella rara vez se daba por vencida sin lograr el triunfo, su particular victoria.
Esta vez sí, había experimentado lo que es vivir de verdad. Había aprendido a disfrutar cada instante como si fuese el primero a la par que el último, sabía cómo su cuerpo se erizaba ante cada uno de sus roces como si fuera la primera vez que sus células se encontraban. El mundo se paralizaba con cada primera caricia, una y otra, y otra vez. Cada vez que volvía a verle recorría su cuerpo con su mirada como si fuese un completo extraño y trataba así de memorizar cada poro de su piel, cada destello de sus ojos, cada uno de sus movimientos.
Sabía que un día, cada vez menos lejano, estarían tan cerca y a la par tan lejos que sus ojos suplicarían a su boca hablar por fin. ¿Hablaría? Sólo restaba seguir esperando, seguir viviendo como mejor pudieran, pues algo era claro: La infinidad del universo no era suficiente para poder abarcar su amor. A pesar de no poder estar juntos, no tenían cojones a separarse.
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